Las habladurías del mundo no pueden atraparnos.
Luis Alberto Spinetta
Primera Parte
Había una vez un planeta con unos seres que se creían los dueños
de todo. Y cuando digo todo, me refiero a todo lo atrapable. Se
creían dueños del agua que tomás, se creían dueños de la tierra
que pisás, se creían dueños de los animales, se creían dueños de
los árboles, las plantas y las comidas. Hasta algunos seres de
éstos, se creían dueños de otros seres iguales a ellos.
Todo lo que fuera atrapable tenía una jaula. Con el paso del
tiempo todo estaba siendo apresado. El agua en un envase de plástico,
la comida en una caja de cartón, los animales en jaulas, los árboles
en parques enrejados o en hectáreas alambradas, la música en
cajitas de plástico y hasta inventaron una jaula con forma de reloj
con lo que decían ser dueños del tiempo.
Esos seres que se creían dueños de otros seres buscaron formas
varias de atrapar al prójimo. El civilizado progreso trajo nuevos
envases: manicomios para los incomprendidos, hospitales para los
tristes, cárceles para los fallados, fábricas para los hambrientos,
shoppings para los fundamentalistas, edificios sin balcón para los
ciudadanos. Pero por más sellada que sea una puerta, siempre entra
un chiflete por algún lado. Por más de que no quieras... siempre
entra el aire.
Todavía algunos seres no estaban pudiendo ser atrapados, porque
había todavía un lugar donde poder ser uno mismo. Había pájaros
fuera de las jaulas y otros que vivían en jaulas pequeñas donde sus
dueños les daban la ración diaria de mijo.